sábado, 5 de enero de 2013
Poética (en el fregadero)
El momento poético habita en el territorio salvaje al que uno llega demasiado pronto o demasiado tarde, es anticipación, o, más a menudo, constatación, reflejo del brillo; es espacio entre dos latidos, existe sin que importe registro ni cronología, pertenece a la vida en que tiene lugar la experiencia máxima, sin que la vida y la experiencia pertenezcan a nada más que a sí mismas; es el sujeto sintiente que tiende hacia el objeto que ubica en el tiempo, por más que ahora sea arena entre los dedos. El tiempo siempre está donde no se espera. El momento es fragancia que resta en la piel, tu cabeza agachada ante el ventilador en una noche de verano, las manos alzando tu cabellera para que el aire penetre en tu nuca, está antes y después de las palabras, en el silencio intenso, en un duermevela de la consciencia, allí donde ello sucede, de forma desatada, sin que exista todavía el deseo de aprehender los hilos, de tejer abrigos, hacer madejas, convertir el instante en intención; es la intemperie, tu dedo a punto de rozar, el anhelo de belleza cuando la belleza aún no tiene nombre ni se la identifica.
Incluso cuando nos sentamos el uno al lado del otro y hablamos de lo que sentimos, o nos sorprende lo que decimos o hacemos, lo que nos afecta alrededor, incluso entonces no preservamos nada, no hacemos acopio de reservas que nos sirvan cuando sintamos menos, o diferente o más lejos. Una fotografía. Nos absuelve tanto como nos implica. Vemos la luz que aparece, no el relato de la escena. Bajo el cielo raso dos bultos respiran. El invisible espacio entre los dos es la rendija de los gestos indómitos.
Nos crecemos al hacernos más pequeños.
(c) Fernando Garcín
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario